La Derecha Líquida y Espectacular
Antes que Trump, ya existía el «showman» que convirtió la política en entretenimiento. Dueño de medios de comunicación, Silvio Berlusconi usó su imagen mediática y su narrativa de «empresario exitoso» para gobernar sin necesidad de un programa sólido. Lo importante era la percepción. Su política era espectáculo: posmoderna, líquida, centrada en el «yo».
Donald Trump llevó el discurso posmoderno al extremo al despreciar los datos, la prensa y la coherencia ideológica. Se movía entre contradicciones y «verdades alternativas», y su base lo aplaudía por la forma de sus declaraciones más que por el contenido de las mismas. Trump rompió con la lógica moderna del político ilustrado al encarnar el «relato emocional» de millones de personas, prescindiendo de la veracidad de sus afirmaciones.
Al igual que Trump, Jair Bolsonaro construyó su poder sobre una narrativa emocional cimentada en la anticorrupción, el antiprogresismo y la religión. En su propuesta, la falta de evidencias o la agresividad del discurso resultaban secundarias, pues su figura operaba como símbolo de un malestar colectivo. En la posmodernidad, la política prescinde de los argumentos para apoyarse en símbolos afectivos con los que la ciudadanía se identifica visceralmente.
Frente a este despliegue de hipervínculos, memes y liderazgos convertidos en avatares de consumo masivo, sobrevive una corriente que observa el fenómeno con una mezcla de desconcierto y profunda desconfianza. Es la derecha institucional, de raíz conservadora clásica o liberal ortodoxa, cuya matriz de pensamiento sigue anclada en los valores de la Modernidad. Para esta facción, la disolución de las certezas que trajo consigo el giro posmoderno no representa una oportunidad táctica, sino una amenaza directa contra los pilares que sostienen el orden social: la autoridad de las instituciones, el imperio de la ley, el respeto a la jerarquía y el valor de la tradición escrita.
Esta derecha analógica rechaza el relativismo que utiliza la nueva derecha populista. Mientras los líderes del simulacro alteran los hechos para adaptarlos al flujo de la conversación digital, el conservadurismo clásico se aferra a la existencia de verdades objetivas y a la necesidad de mantener un decoro institucional que proteja al Estado de los vaivenes emocionales de las masas. Para sus teóricos, sustituir los programas de gobierno de largo alcance por espasmos sentimentales en las redes sociales equivale a demoler la estabilidad política. Ven en el showman de la derecha líquida a un jacobino disfrazado de salvador; un agente del caos que, al debilitar la confianza en los tribunales, en la prensa seria y en los procedimientos parlamentarios, termina pavimentando el camino para la misma desintegración social que la izquierda performativa promueve desde el plano cultural.
Esta fractura doctrinal no es abstracta; se traduce en guerras civiles larvadas dentro de los partidos conservadores de todo el mundo, donde la vieja guardia ilustrada intenta contener la marea del espectáculo.
En Estados Unidos, este cisma se evidencia en el choque entre los restos del aparato tradicional republicano, alineado con el legado de las fundaciones pensantes y el constitucionalismo estricto, frente al empuje de la corriente que prioriza la agitación mediática y el cuestionamiento directo de las agencias de inteligencia y el poder judicial. Los intelectuales del conservadurismo clásico observan este giro con alarma, denunciando que priorizar la lealtad personal y el impacto en las redes sociales desmantela la herencia institucional de la derecha norteamericana.
En el contexto europeo, el Partido Conservador británico ofrece otro reflejo de esta tensión. Tras años de debates internos, la formación se debate entre el retorno a la ortodoxia de la gestión macroeconómica estable, la prudencia fiscal y el decoro parlamentario, frente a las facciones que exigen adoptar estrategias de confrontación cultural directa, asumiendo postulados identitarios similares a los de la izquierda para movilizar el voto mediante el agravio y la emoción.
Incluso en América Latina, la aparición de liderazgos tecnocráticos y liberales en lo económico, pero implacables en el respeto a las formas jurídicas, marca una distancia insalvable con el estilo histriónico de los caudillismos digitales. Mientras la derecha posmoderna busca el aplauso instantáneo a través de la provocación en plataformas virtuales, los sectores tradicionales intentan reconstruir partidos jerárquicos y predecibles, conscientes de que el simulacro es un terreno de juego donde, a largo plazo, el Estado siempre termina debilitado.

