La ficción de las ideas: Realpolitik y el posmodernismo
La política, como práctica, rara vez se deja guiar por la pureza de las ideas. La Realpolitik —ese término casi intimidante que huele a despacho cerrado y mapas manchados de café— es, en esencia, la doctrina del poder en su estado bruto. El político que actúa bajo este principio prioriza lo pragmático, lo efectivo y lo que funciona, arrinconando la ética, lo ideal o lo que meramente inspira.
Este enfoque es tan antiguo como los consejos de Maquiavelo al Príncipe y tan contemporáneo como los tratados de Henry Kissinger. En la Realpolitik, las relaciones internacionales responden estrictamente a los intereses nacionales; en política interna, el consenso opera como una herramienta útil al servicio del fin último: el mantenimiento o la conquista del poder.
Ahora bien, al mezclar la Realpolitik con los vapores del posmodernismo, entramos en una dimensión aún más escurridiza: la del poder que se niega a sí mismo mientras se ejerce, la del discurso que flota como humo sobre la superficie líquida de lo real. El posmodernismo ha permitido que la política deje de presentarse como “verdad” y se exhiba como “narrativa”. Las ideologías ya no ofrecen mapas del mundo, sino catálogos de experiencias emocionales. La coherencia ha cedido paso a la fragmentación, y el esceptisemo hacia los metarrelatos ha disuelto la idea misma de un “nosotros” común.
En este contexto híbrido entre lo estratégico y lo simbólicamente vacío, la democracia corre el riesgo de convertirse en una performance donde los actores principales —los partidos, los líderes, los votantes— actúan como si el poder estuviera en juego, cuando en realidad está ya distribuido entre élites, tecnócratas y lobbies que no se presentan a elecciones.
Desde esta perspectiva, las ideas en la práctica cobran un sentido estratégico que resuena con la lógica de la Realpolitik. Otto von Bismarck. el arquitecto de la unificación alemana, es el ejemplo por excelencia de la Realpolitik. Bismarck no tenía interés en los ideales liberales o nacionalistas, sino en la consolidación del poder prusiano. Pactó con enemigos ideológicos (como los católicos o los socialistas en momentos puntuales), provocó guerras (Dinamarca, Austria, Francia) y manipuló alianzas con un pragmatismo brutal. Su frase “la política no es una ciencia exacta, sino un arte” resume su visión maquiavélica.
Como secretario de Estado de Nixon y Ford, Henry Kissinger aplicó la Realpolitik a escala global. Negoció con China comunista mientras bombardeaba Camboya, y apoyó dictaduras anticomunistas en América Latina (como la de Pinochet en Chile), bajo el principio de que la estabilidad estratégica era más importante que la moralidad. Su lógica establecía que la seguridad nacional y los intereses estadounidenses estaban por encima de los derechos humanos.
Vladimir Putin epresenta una versión contemporánea de la Realpolitik: utiliza los mecanismos de la democracia formal (elecciones, parlamento, Constitución), pero concentra el poder en una oligarquía estatal. Aplica un discurso patriótico, mientras anexiona territorios (Crimea) o interviene en conflictos ajenos (Siria), con una estrategia de poder y supervivencia del régimen. La verdad es secundaria a la narrativa del poder.

