El Decreto
La palabra decreto nace en la antigua Roma y significa, literalmente, decisión. Pero en su esencia, un decreto es la manifestación consciente de una realidad. A diferencia de una simple petición, un decreto no admite dudas. Es una ley que te das a ti mismo, y tu mente y tu universo interno responden de inmediato. No es casualidad que su uso más popular sea en la política, donde un decreto de ley se materializa en nuevos códigos de conducta para los ciudadanos. En términos metafóricos, tus decretos son las normas regulatorias contenidas en la Constitución que te has dado – y te han dado – para confrontar con solvencia esta vida.
A lo largo del día decretamos miles de veces, casi siempre de forma no consciente, con un promedio de ochenta mil pensamientos diarios. Sin embargo, los decretos que así se producen son vagos o informes, formulados sin una intención clara, y sus resultados son, por lo tanto, inciertos, imprecisos o no deseados. Lo que es paradójico, ya que los decretos son, por definición, manifestaciones conscientes. Cuando decretamos con el piloto automático puesto, lo hacemos sin determinación consciente y no cumplen la función original. Un decreto específico, en cambio, es una orden precisa que impulsa y permite la reorganización de recursos de manera ordenada y con un propósito claro. En cierta forma, ser consciente de los decretos que manifestamos y hacernos responsables del acto de decretar es un movimiento contra nuestra propia naturaleza animal, reactiva e instintiva. Experimentos científicos como el del Potencial de Preparación, realizado por Benjamin Libet en la década de los 80, o el de John-Dylan Haynes, con imágenes cerebrales para predecir decisiones, son ejemplos de cómo la neurociencia aborda el concepto de que gran parte de nuestra actividad mental y la preparación para la acción ocurren fuera de nuestra conciencia inmediata y atención. Además, también solemos estar afectados por los estímulos que recibimos y la información que hay en nuestro entorno, como demuestran efectos como el de priming o recencia.
Por nuestra cultura o creencias, muchos de nosotros podemos estar confundidos con ideas que están relacionadas con el éxito, el liderazgo o la satisfacción. Podemos incluso sentir vergüenza o culpa si alcanzamos un estado de bienestar sostenido, placer o riqueza. Existe la falsa creencia de que el éxito es un «regalo» del azar y, por lo tanto, no se debería «pedir». También hay quienes sienten que vivir sin sufrir es imposible, que el egoísmo es un pecado o que la paz mental propia no debe de permitirse mientras existe el sufrimiento en el mundo (o en algún ser querido). Estas ideas rechazan lo que todos los seres humanos necesitamos: cubrir nuestras necesidades físicas, emocionales y psicológicas, personales e interpersonales y, por tanto, son obstáculos graves para nuestra estabilidad y salud. En la práctica, se produce un autosaboteo formal.
No estamos obligados a tener o cultivar la estabilidad y la salud, pero bien sabemos que las necesitamos y nos convienen. Quizás ésta sea la contradicción más extraña de todas: no estamos obligados a darnos lo que necesitamos. Tenemos libertad para autosabotear nuestra existencia. Pero también podemos iniciar el camino del crecimiento personal con la determinación de decretar con responsabilidad y el enfoque adecuado.

