Entre la Ciencia y la Magia
El concepto popular actual de decreto surge de una fascinante intersección entre corrientes espirituales y la ciencia moderna. El movimiento de los decretos fue popularizado en el siglo XX por el fenómeno conocido como New Age (y que aún perdura, con más o menos fuerza). El pionero fue Guy Ballard, quien en los años 30 fundó la «Actividad YO SOY» basándose en supuestas canalizaciones del Maestro Ascendido Saint Germain. Sus enseñanzas se centraban en la repetición de frases que comenzaban con «Yo Soy» para activar poderes internos y transformar la realidad, como por ejemplo: «Yo Soy salud perfecta, Yo Soy prosperidad infinita.» Más tarde, figuras como la terapeuta Louise Hay y su obra del 1984 «Usted puede sanar su vida» popularizaron la idea de que las afirmaciones positivas podían reprogramar la mente y mejorar la salud, tanto física como emocional.
Neville Goddard enseñaba que la imaginación es la verdadera fuente creadora de la realidad y Joseph Murphy explicaba en «El poder de la Mente Subconsciente» cómo nuestra mente profunda acepta órdenes verbales y las convierte en realidad. Aunque estas ideas a menudo se presentan como un «poder místico», la psicología cognitiva y la neurociencia moderna han demostrado que la clave de su efectividad reside, en todo caso, en la autosugestión y la reprogramación mental que se produce, aunque esta radical forma de ver el poder de los decretos desde la cultura New Age se opone en cierto modo a la ciencia actual y se asientan más, como veremos mejor más adelante, en licencias religiosas – y en ocasiones de marketing.
La cultura New Age no surgió en el vacío, sino como una respuesta vibrante al desencanto de la posguerra y al materialismo rígido de mediados del siglo XX. En los años 60 y 70, Occidente experimentó una sed espiritual que las religiones tradicionales ya no lograban saciar. Este movimiento actuó como un «supermercado espiritual» donde se mezclaron el esoterismo oriental, la teosofía y el misticismo cuántico. En este ambiente de contracultura, la idea de que el individuo tenía un poder soberano sobre su destino se convirtió en un estandarte de libertad. Los decretos y las afirmaciones no eran solo frases; eran herramientas de rebelión contra un mundo que se percibía como frío, mecánico y predeterminado. Se buscaba una resignificación del mundo donde la mente volviera a ser la protagonista de la creación.
Paralelamente, a finales del siglo XX, la psicología comenzó a girar su enfoque desde la patología hacia el potencial humano, dando lugar a la Psicología Positiva.
Liderada por figuras como Martin Seligman, esta corriente propuso que el bienestar podía entrenarse cultivando el optimismo y la gratitud. Sin embargo, en la cultura popular, este enfoque a menudo se simplificó en exceso, derivando en lo que hoy conocemos como positivismo tóxico: la creencia de que basta con pensar en positivo para que los problemas desaparezcan. Esta etapa fue un puente necesario pero incompleto, aunque aún está presente en muchos ámbitos de la sociedad; si bien reconoció la importancia del lenguaje interno, carecía de las herramientas de reestructuración profunda que más tarde aportaría la psicología cognitiva. Mientras que la New Age pedía decretar para cambiar el cosmos, la ciencia empezaba a entender que lo que realmente estábamos cambiando era el cableado de nuestro propio cerebro.

