Goya y el Monstruo de la Locura

Un joven entra en el gabinete. Busca entender por qué, a veces, su sombra pesa más que la Luz que percibe que tiene. Se tumba en el diván y me pregunta por el miedo a ser devorado por las circunstancias. Todo le parece superar. Yo no saco cartas ni papeles; simplemente le pido que visualice el Holoespejo (la superficie mental donde proyectamos de forma creativa quiénes somos y, sobre todo, quiénes queremos llegar a ser). Pero esta vez, la superficie no refleja su «Yo Superior», sino una imagen residual que ha aterrado a la humanidad durante siglos: un anciano de ojos desencajados devorando un cuerpo sangrante en la oscuridad de una quinta madrileña.

Hablemos de Francisco de Goya y su «Saturno».

Desde una perspectiva científica e inductiva, no podemos entender las Pinturas Negras sin el diagnóstico clínico. Goya sufrió lo que hoy conocemos como Saturnismo, un envenenamiento crónico por el plomo de los pigmentos que utilizaba. El plomo no solo daña los órganos; es un agente neurotóxico que fractura la percepción.

Goya experimentó irritabilidad, ruidos ensordecedores en una cabeza ya sumida en la sordera y, presumiblemente, episodios de alteración cognitiva. Su «Saturno» es el resultado de un cerebro biológicamente intoxicado, pero también de una mente que, ante el empobrecimiento de su salud, decidió pasar a la acción a través del pincel.

Si observamos el cuadro desde el Psicotarot, vemos en Saturno una representación hipertrofiada de El Diablo. No como una entidad maligna externa, sino como ese estado inferior que atrapa al practicante en un cuadro vital empobrecido.

La mirada de Saturno no es de maldad; es de hipervigilancia paranoide. Son los ojos de alguien que ha perdido el contacto con su «Yo Superior» y ha quedado reducido a su pulsión más arcaica: el miedo a ser destronado, el miedo a la aniquilación. En psicología clínica, esto es la melancolía psicótica. Saturno devora a su hijo porque no puede tolerar que el futuro exista fuera de él. Es el estrés visualizado no como una nebulosa gris, sino como un acto de canibalismo simbólico.

Goya convirtió las paredes de su casa en un psico-artefacto, realizando un ejercicio de meditación clínica involuntaria. Estaba proyectando su «Yo sombra» para poder observarlo creativamente.

¿Por qué es esto útil para nosotros hoy? Porque Goya nos enseña que cuando la presión de los objetivos no cumplidos y la enfermedad se vuelven insoportables, la externalización es la única vía hacia la cordura. Al pintar a Saturno, Goya dejó de ser Saturno. Convirtió su angustia en un objeto pasivo, algo que podía mirar y, por tanto, algo de lo que podía distanciarse.

Si hiciéramos un corte de Tarot sobre la energía de Goya en ese momento, quizás aparecería El Loco que, afectado por la energ’ia de este Diablo, presenta su acepción más inquietante: aquel que camina hacia el abismo porque la realidad ya no le ofrece suelo firme. Sin embargo, el hecho de que hoy podamos estudiar su obra demuestra que, incluso en la psicosis o la depresión más profunda, hay una «Chispa Divina» que busca comunicarse.

La ciencia nos dirá que Saturno es el efecto del plomo y la demencia senil. La filosofía-religiosa nos dirá que es el arquetipo del tiempo devorador. Yo, en mi consulta, le diría al joven del diván que Saturno es lo que ocurre cuando dejamos que el miedo al futuro devore nuestro presente.

Observa en tu Holoespejo cómo te destruyes. Úsalo entonces como hizo Goya: para sacar al monstruo de la carne y ponerlo en la pared. Porque una vez que el monstruo está en el papel o en el cuadro, tú recuperas la libertad del Mago. Y entonces, y solo entonces, podemos comenzar de verdad la transformacion.

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