
Un consultante entra en la sala y se detiene frente al perchero. Mira su propio abrigo, pero por un segundo, retrocede. Me dice que ha sentido un escalofrío: el abrigo, colgado en la penumbra, parecía una presencia acechante. «¿Es una señal, Toño?», me pregunta. Yo le pido que se relaje y que no mire al abrigo, sino al techo, porque lo que acaba de experimentar no es un mensaje del más allá, sino el despertar de lo ominoso. En el entrenamiento mental, trabajamos con la premisa de que la realidad es una construcción constante y, a veces, frágil. El gran Oliver Sacks dedicó su vida a documentar cómo esa construcción puede desmoronarse con un simple error en el procesamiento de la información. Sacks nos enseñó que la identidad es una narración que nuestro cerebro nos cuenta para que el mundo tenga sentido; lo ominoso (Das Unheimliche) es precisamente el momento en que esa narración sufre un fallo de sistema. No es el miedo a lo desconocido, sino la inquietud ante lo demasiado familiar que, de repente, se siente ajeno.
Como el paciente de Sacks que intentaba ponerse a su mujer como si fuera un sombrero, lo ominoso nos ocurre cuando lo más íntimo —nuestro hogar, nuestra ropa o incluso nuestro propio rostro— deja de encajar en el molde de lo predecible. Esta sensación tiene un eco potente en el arte. Cuando observamos un cuadro de Francis Bacon, lo que nos perturba es reconocer los rasgos humanos bajo una distorsión visceral. Tu mente intenta «normalizar» la imagen, pero hay algo que no termina de cuadrar. Es el mismo fenómeno que Jordan Peele explota en la película Nosotros: el desafío no nace de un monstruo externo, sino de un doble idéntico que nos devuelve una mirada vacía. Es la ruptura de la seguridad que sentimos al ser «únicos»; cuando el otro es una copia defectuosa de nosotros mismos, nuestra sensación de control se desvanece.
Si trasladamos esta experiencia al lenguaje del Tarot, nos encontramos frente a La Luna. Este arcano no habla de oscuridad total, sino de esa luz ambigua que deforma las siluetas. En este escenario, el perro y el lobo aúllan a una realidad que no pueden comprender del todo. La Luna representa ese espacio de confusión donde la percepción se distorsiona y nos obliga a enfrentarnos a nuestra imagen residual más oculta. No es una energía negativa, sino una invitación a explorar qué hay bajo la superficie. Lo ominoso ocurre cuando la «Sombra» decide asomarse por una grieta de nuestra rutina. Desde una perspectiva técnica, esto es un error de reconocimiento, una falta de fluidez en el procesamiento de estímulos, pero desde una visión filosófico-religiosa, es un encuentro con lo que está «más allá» del velo de lo material. Como suelo plantear en mis sesiones, ambas posturas pueden conciliarse para nuestro crecimiento.
Lo ominoso es, en última instancia, una oportunidad de recalibración. Es el momento en que el Mago se da cuenta de que sus herramientas no son infalibles y el Loco comprende que el camino no es una línea recta, sino un laberinto de espejos. En la sesión, le digo al joven: «Ese abrigo no es una amenaza, pero el impacto que ha tenido en ti es una brújula. Es tu propia atención pidiéndote que revises qué aspectos de tu vida se han vuelto rígidos o automáticos». Aprender a manejar lo ominoso es una forma de adquirir una luz revitalizadora. Al nombrar la inquietud y analizarla como un proceso simbólico, le quitamos el poder de perturbarnos. La incertidumbre deja de ser un obstáculo para convertirse en un portal: una superficie de reflexión donde, tras la sorpresa, finalmente podemos definir nuestra posición y el camino que decidimos recorrer. «¿Y ahora?», pregunta el consultante, ya más relajado. «Ahora», respondo mientras tomo mi libreta, «comencemos de verdad la sesión».
Deja una respuesta